Hilda cocina para personas en situación de calle

0
1690

“Hildita”, como le dicen todos los que forman el equipo de la parroquia “Sagrada Familia”, de Villa Nueva, dirige la cocina que todos los lunes por la noche alimenta a personas en situación de calle.

“¿Qué le habrá pasado a Matías que hoy no vino a buscar la comida?”, dijo preocupada Hilda Valdés, la cocinera de la parroquia Sagrada Familia que junto con varias voluntarias preparan comida para personas en situación de calle. Matías tiene 10 años y “es el sostén de sus padres. Ellos están enfermos, la mamá es discapacitada y el papá alcohólico. El niño viene siempre a buscar la comida para alimentarlos”, contaron las cocineras.

Todos los lunes, en la cocina de la Sagrada Familia (ubicada en Libertad y Rodríguez) se prepara la comida para 260 personas que viven en la calle. Algunos pocos tienen sus viviendas, pero no cuentan con los recursos para poder alimentarse correctamente. El último lunes prepararon una comida muy sabrosa: 450 albóndigas con 30 kilos de fideos, y también consumieron una bolsa de zanahorias, media bolsa de cebollas, una bolsa de camotes y 20 litros de tuco. Además, repartieron 30 kilos de pan.

Hilda, de 62 años, es el “alma mater” de la organización que hace funcionar la cocina y la distribución de los alimentos. Es ama de casa, tiene 8 hijos, que ya son grandes, y vende la comida que prepara en su casa para vivir. “Es humilde y tiene tantos problemas como muchos que atendemos en la calle”, dicen sus conocidos.

Hace un tiempo atrás, ella era quien recibía la ayuda desde la Sagrada Familia, sobre todo alimentos. Sin embargo, cuando su situación “mejoró” quiso devolver todo lo que habían hecho por ellla y se hizo cargo de la cocina. “Aquí es donde se da el milagro de la multiplicación de los panes”, dijo Hilda, mostrando las grandes ollas que ocupan mesas y armarios de la cocina. “Nunca nos quedamos sin hacer la comida, siempre la gente nos trae las donaciones y podemos dar los alimentos que los necesitados esperan”, afirmó.

Junto con ella trabajan Clara, Eva, Bibiana, Mercedes, Chiquita, Elisa (que es profesora de piano) y Facundo Lagos, que es un genio del diseño gráfico y está por terminar la secundaria.

 

El trabajo

Los lunes trabajan desde muy temprano. A las 10 de la mañana comienzan a picar la cebolla y toda clase de verduras para poder tener lista la cena, a las 20 aproximadamente. El último lunes hicieron albóndigas y la semana anterior, lentejas.

Alrededor de las 20 llegaron a la cocina Mabel y Antonio, que desde hace unos 7 años, se encargan de llevar las viandas a unas cuantas familias del barrio Gomensoro, también de Guaymallén. Luego, un segundo grupo, partió con más de 100 raciones para los que viven bajo los puentes del Acceso Sur, en los alrededores de la Terminal de Ómnibus y frente al hospital Italiano.

 

Alrededor de las 21 salió el último grupo de cinco voluntarios. Los estaban esperando unas 80 personas en la vereda norte, sobre Garibaldi, de la plazoleta que está en el costado este del hospital Central. La mayoría eran hombres, silenciosos, que vestían abrigos gastados. Unas pocas mujeres y algunos niños daban la nota en un grupo triste, de ojos cansados. Se sumó un matrimonio que traía a un bebé en brazos y otros tres niños que apenas sabían caminar. Algunos pidieron para sus esposas e hijos que, dijeron, “no pudieron venir”.

Allí estaba Alberto, el profesor de Matemáticas. “Así es, soy profesor pero no tengo alumnos”, dijo rápidamente, como para que se entendiera su situación. Uno de sus compañeros de calle, Mario, se acercó para explicar que: “El profesor me salvó. Él me habló y enderezó mi vida”, dijo con admiración del docente que vive en la calle.

Las bandejas de plástico desaparecieron en 10 minutos. La cena incluía dos bollos de pan y una cuchara. Muchos desaparecieron inmediatamente y otros se sentaron en la plaza a orillas de sus pequeñas acequias y se pusieron a comer.

Las historias

Enrique, uno de los voluntarios, narró una de las historias con las que se encuentra. “Hace un tiempo atrás estábamos repartiendo la comida, cuando un hombre grande me dijo: ‘Esas tráfics que están en frente del hospital Central eran mías'”.

“Yo en principio no le creí, le seguí la corriente y me dijo que sus dos hijos se pusieron de acuerdo y lo dejaron en la calle”. Enrique entonces, para sacarse las dudas, fue hasta donde estaban los vehículos, ubicó al dueño y con dos o tres preguntas confirmó lo que el hombre el contó.

Otra de las historias de los que van a comer los lunes es la del hombre que fue gerente de YPF en Mendoza. Recuerda Enrique que el hombre le contó que cuando se produjo la privatización de la petrolera, lo indemnizaron y lo dejaron sin trabajo. “En casa, entonces, cambió todo, mi esposa y mis hijos me echaron de casa. Ahora vivo con esta nueva familia que no permite que me falte nada, siempre hay algo para comer y dónde dormir”, contó.

Uno de los voluntarios, Nicolás, de apenas 16 años, narró que: “Mi proyecto es tener un comedor organizado con mi dinero, le voy a poner el nombre de mi abuelo Luis y le voy a dar de comer a toda esta gente”. El chico se sumó este año como voluntario y cuenta que “me encanta cuando les doy la comida, me dan las gracias y me desean muchas bendiciones. Me emociona, es increíble”.

 

Mientras distribuyen los alimentos, las cocineras limpian y le sacan brillo a todas las ollas y utensilios. Hilda y sus amigas siguen charlando y coinciden en que “una viene acá porque queremos ayudar pero nos vamos con el doble de satisfacción por el agradecimiento de la gente, de los pobres que no tienen ni dónde caerse muertos”.

Fuente: El Sol Online

 

Comentar con facebook

No hay comentarios