Los niños, las víctimas colaterales del maltrato familiar

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El maltrato familiar, sea físico o psicológico, no sólo daña a quien lo sufre en primera persona, sino también a los hijos de una manera psicológica que marca la creación de su personalidad.

Nuestros hijos son, seguramente, nuestra mayor preocupación. Lo daríamos todo por ellos y por evitarles sufrimientos, frustraciones o miedos. Por eso tenemos que saber que todo lo que viven en su infancia, todo lo que les rodea, les influirá en la formación de su personalidad, de su carácter y forma de ser.

La psicóloga Olga Carmona ha escrito en El País un artículo muy interesante sobre como una relación tóxica, de maltrato físico o psicológico, entre los padres puede marcar la personalidad de nuestros hijos. Y es que el artículo defiende que la violencia, ya sea física o psicológica, que se ejerce sobre la pareja también es maltrato infantil, al punto que asegura que los hijos que crecen en familias en las que ocurre esto lo aprenden e interiorizan como la forma más normal de relacionarse: aprenden una forma patológica de relacionarse con los otros y padecen las secuelas del maltrato. De esta manera, frecuentemente los hijos varones tienden a transformarse en maltratadores, mientras que las niñas tienden a convertirse en maltratadas cuando son adultas.

No en vano, en este artículo se indica que cuando eres testigo o víctima de una comunicación tóxica, que se basa en el control, la manipulación, el chantaje, el discurso ambivalente y la aniquilación de la autoestima del que está a mi lado pasa factura a los hijos en el futuro. Las secuelas son físicas y psicológicas. Las segundas son más obvias, pero las primeras pueden afectar, en el presente y en el futuro, a problemas con el sueño, la alimentación, retraso en el crecimiento, síntomas psicosomáticos, etc…

Tampoco son desdeñables los daños a nivel emocional afectando a la formación de la personalidad, problemas de ansiedad, ira, depresión y trastornos de la conducta. En la infancia, estas secuelas se traducirán en conductas agresivas, rabietas, hiperactividad, pocas habilidades sociales, falta de empatía, aislamiento y depresión. Es más, emociones como la culpa, la impotencia y la rabia son habituales en la infancia de los niños que ven como uno de sus padres maltrata a otro.

Carmona señala, además, que lo verdaderamente perverso de la exposición infantil al maltrato es el “doble vínculo”, ya que el niño recibe dos mensajes contradictorios. Por un lado, está programado para imitar la conducta de sus padres y por otro también ve el sufrimiento y el progresivo deterioro de la persona maltratada. Todo ello crea ansiedad y está en el origen de trastornos posteriores. Llegado este punto nos podemos preguntar por la capacidad educativa y emocional de una persona maltratada, qué puede aportar a un niño, de dónde sacará la energía necesaria para educar y criar con paciencia, tolerancia y flexibilidad, cerrando el círculo. Es probable que los niños que hoy ven impotentes el maltrato en su casa, mañana ejerzan o sufran este mismo maltrato, perpetuando así la violencia por generaciones. Y es que en palabras del neuropsiquiatra Jorge Barudy: “Tratar bien a un niño es darle utensilios, herramientas, para que desarrolle su capacidad de amar, de hacer el bien y de apreciar lo que es bueno y placentero” y sigue explicando el chileno que “para ello debemos ofrecerles la posibilidad de vivir en contextos no violentos, donde los buenos tratos, la verdad y la coherencia sean los pilares de la educación”.

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Imagen de Flickr

Source: Salud

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