Lucrecia Martel y Zama: el Óscar por encima de Darín

Luego de su exitoso estreno, Zama, la versión cinematográfica de la novela de Antonio Di Bendetto realizada por Lucrecia Martel, fue seleccionada para paricipar de los premios Óscar en la terna de Mejor película de habla no inglesa. Una aproximación a la película y sus personajes, a su ritmo y poética.

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Cuando hablamos de Diego de Zama, los que tuvimos la fortuna de leer la novela, hablamos de una fuerte idea existencial: la angustia. “Escribir este guión tuvo que ver con el fracaso. Se había cerrado la posibilidad de hacer El Eternauta después de haber trabajado un año y medio intensamente en la adaptación y era un mundo tan fascinante que cuando se cortó tuve tal sensación de vacío y necesidad de aventura que fue como proponerle a un mal un desafío mayor”, aseguró Lucrecia Martel, directora de la obra. Redoblar la apuesta es un buen síntoma ante el fracaso, sin embargo mucho pasó hasta que pudiera estrenarse esta versión de Zama, muchos contratiempos y muchas amarguras, festivales que la cancelaron y hasta una jornada de enfermedad. Ya no hablamos sólo de Diego de Zama, sino (sin ánimo de mistificar) de su espíritu invadiendo el entorno. Pero Zama existe (por fin) como tal vez algún corregidor haya existido, esperando su traslado inútilmente.

La directora logró esta vez, como se esperaba, un lenguaje narrativo de expresión y sutileza, despojado de efectismos, sin caer en la ostentabilidad ni solemnidad de las películas de época, se puede apreciar en la música y en el territorio derruido en donde habita el film. Una rítmica agolpada y entorpecida, un Don Diego de Zama que espera su traslado dentro de un tedio que desfigura al personaje tanto que bordea lo febril. Daniel Giménez Cacho encarna un Diego de Zama desbastado, las ruinas del héroe estancadas, la imagen de un pasado glorioso que ha acabado, el mito de quien ya no es, la identidad como máscara y la certeza de una esperanza como manotazo de ahogado.

¿Y el mono?

En la primera escena, sin duda, la ausencia del mono en el remolino, imagen completamente identificatoria de la obra de Di Benedetto, puede traernos problemas, sin embargo podemos apreciar que la falta de éste tiene un sentido más específico “ahí estábamos, por irnos y no” dice el autor, mientras que la directora lo despoja aún más de su compañía, nuestro Diego de Zama está completamente solo. Acentúa más su angustia con sus constantes fracasos, tanto en su trabajo como en la tensión sexual, siempre en tensión, nunca en armonía. Luciana Piñares de Luenga papel que encarna Lola Dueñas, incrementa sutilmente la indiferencia hacia Zama, mientras que Ventura prieto (Juan Minujín) se encarga de ofuscarlo, desafiarlo e incomodarlo.

Todo ejerce una presión sobre un rostro aparentemente impasible, el de funcionario americano de la Corona española, orgulloso y valiente, pero que deja entrever su frustración en pequeños gestos y que parecen afiebrarlo cada vez que su carta al rey es demorada, la música resalta esa desfiguración interna en la que cae nuestro personaje, rodeado de caballos, gallinas y llamas, lleno de polvo, tierra y calor.

Óscar

Que la directora Lucrecia Martel, luego de diez años de realizaciones inconclusas y demoras en las realizaciones haya sido seleccionada para representar a Argentina en la 90ª edición de los Premios Óscar en la categoría Mejor película de habla no inglesa nos deja una buena expectativa, promueve alguna sensación de que no sólo gracias a Darín o Francella nuestro cine puede ser representado internacionalemente en esta época, sobre todo es más auspicioso si hablamos de una obra disruptiva y única como lo es Zama y como es realmente el trabajo de Martel.

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