Sábado de Letras: La Máquina Asombrosa

El periodista y escritor, Javier Cusimano, vive en nuestro departamento y acerca uno de sus cuentos. Lectura y misterio envuelven a esta historia.

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Javier Cusimano nació en 1983 en nuestra provincia, es librero y periodista. Estudió Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo). Ha publicado artículos en diferentes medios gráficos locales y digitales del país y también de España. Trabajó para la producción de programas de radio sobre medio ambiente, cultura y espectáculos. Se ha desempeñado como guionista. Estuvo a cargo de proyectos de comunicación comunitaria. Dirigió la revista estudiantil del colegio Inmigrantes Italianos. Ha ejercido la docencia y actualmente es redactor en diario UNO.

Javier le regala a los lectores y las lectoras una de sus obras “La Máquina Asombrosa”.

La máquina asombrosa

El año 2.033 contaba con la novedad de viajes turísticos a la luna, autos voladores, películas multisensoriales, computadoras volátiles y pastillas rejuvenecedoras. Sin embargo, no tenía nada parecido a la máquina inventada por  Roberto Rivera.

Fue creada mucho antes que todas estas innovaciones en el taller de su casa y siguiendo los principios que guiaron a los físicos del siglo XIX. Un compuesto de leyes que dieron base a la ciencia, pero que también sirvieron a los genios de la ilusión, para agradar o engañar a la vista, cuando no existía la televisión.  

Con este aparato se podía tener acceso a los sueños y controlarlos. Cumplía el mismo objetivo que los video juegos, pero usando el contenido de la mente. Había sido diseñado para vivir grandes aventuras y nunca alcanzó a ser usado por nadie.

El proyecto quedó inconcluso.

Días después de estar listo para la primera prueba Roberto murió.

La máquina quedó guardada en el depósito de la ferretería familiar que ahora estaba en manos de Fernando Gómez y su hermano Miguel. Ambos desconocían la existencia del artefacto y también los escritos que el tío abuelo de los mellizos hizo llegar a Sergio Castillo. Y es que presintiendo su estado de salud, Roberto, había armado un paquete que contenía un cuaderno con sus reflexiones y lo mandó por correo a su mejor amigo y quizás el único de sus allegados con capacidad para comprender de qué se trataba.

Días más tarde, su premonición fue cierta. Los pulmones no resistieron tantos años aspirando el humo de un cigarrillo tras otro. Dejó de respirar y falleció.

En su libro de notas Roberto había escrito junto a esquemas con fórmulas y circuitos extraños los siguientes comentarios: “cada uno de nuestros recuerdos, está sujeto a una sucesión infinita de ventanas que se abren y otras que se cierran. Como si el mundo fuera dibujándose con los pasos que damos y la vida una imagen diseñada por ese recorrido constituido de un solo trazo”.

Más adelante, en la página 125, discontinuada por una mancha de café, se podía retomar esta idea: “Esta lógica no funciona cuando estamos durmiendo. Soñar es una actividad de la mente que puede ser distorsionada”.

Sergio Castillo, que leyó con detenimiento el cuaderno antes de viajar, encadenaba todas estas ideas con las manos apoyadas en el volante y los ojos atentos a las líneas blancas sobre el asfalto. Las rayas iban alternándose hasta convertirse en una sola bajo el mismo efecto, que fotos encadenadas a gran velocidad, lograban que existiese el cine. De hecho estaba convencido de que el principio que daba vida a las películas, es el que había utilizado Roberto para que funcionara su máquina.

“Al captar la materia prima de los sueños y encontrar los mecanismos con los cuales manejar la dirección de las imágenes oníricas, estamos en condiciones de alcanzar uno de los inventos más grandes realizados por el hombre después de pisar la luna”, decía en un recuadro resaltado con tinta negra, el capítulo dedicado a “problemas por resolver, con ayuda de la psicología aplicada a la termodinámica de las sensaciones expuestas”.

En eso seguía pensando Sergio después de cerrar la puerta destartalada de su estanciera. Una vieja tortuga rodante, que tosía humo cada vez que el motor a combustión interna se esforzaba por mover la carcasa de chapa y hierros oxidados. Un vehículo  quedado en el tiempo, como esas rutas alejadas y pueblos distantes de la ciudad a los que frecuentaba para ganarse la vida. Porque si algo nunca iba a cambiar en el mundo por más que se llenara de aparatos y de tecnología, de máquinas y pastillas de la felicidad, eran estos lugares y su gente.

En ellos el tiempo no avanzaba.

Las pocas casas y sus pocas cosas, estaban plantadas a la tierra como las rocas firmes de la cordillera. Con una dureza que ni el filo del viento lograba tallarlas para darles otro contorno. Se habían paralizado sin que nadie lo notara y formaban parte de un universo de color sepia y desteñido.

Como la tienda de antigüedades de Analía Pérez, que Sergio dejaba atrás, después de realizar la entrega de pegamentos y pinturas con los que la mujer restauraba adornos y muebles dañados para vender a mejores precios en el mercado.

O también, como la pulpería de Hernán Díaz.

Mientras Sergio cavilaba en la posibilidad de hallar esta máquina tan sorprendente, marchaba rumbo a su posada ya que el paisano le había encomendado diez metros de lona y treinta kilos de membrana líquida para reparar los boquetes de su cantina.

La pulpería de Díaz era una antigua estructura de adobe construida en una esquina, frente al espacio verde del pueblo al lado de la ferretería de Roberto. En ella los agujeros del techo dejaban pasar el sol de día y la luz de las estrellas a la noche, pero durante el invierno, sí llovía, convertían el suelo en una bañera.

-¿Cómo anda ingeniero? ¡Tan tarde por acá! Lo hacía la semana pasada. ¿Se olvida que aquí el invierno llega antes y tengo el techo hecho un colador? -pronunció Díaz.

Esas habían sido las primeras palabras con las que Sergio fue recibido.

Estaba acostumbrado a los reproches y esta vez no corrigió a Díaz.

Después de entregarle los insumos tachó en su agenda cada una de sus obligaciones y pasó por los hermanos Gómez a darles el pésame y al mismo tiempo, una mirada al depósito, para ver si encontraba la máquina de la que hablaba Roberto en su cuaderno.

Si todo salía como estaba planeado, el 24 de mayo viajaba de regreso a su hogar.

Los mellizos Gómez recibieron a Sergio con un abrazo y el encuentro no duró más de una hora. Ambos ayudaron al viajante a descargar el pedido como acostumbraban cada mes y le indicaron que no se fuera sin antes llevarse una caja de madera de un metro y medio de alto por dos de ancho cerrada con un candado.

-Roberto te dejó este bulto y pidió explícitamente que nadie lo abriera- dijo Miguel.

-Sí, nosotros intentamos ver que había pero no tenemos la llave- señaló Fernando, que transpiraba de ansiedad por saber qué ocultaba dentro.

Sergio los miró y sin decirles nada intentó cargar por sus medios la caja que lo excedía en tamaño, pero le resultó imposible. Pesaba mucho más de lo que podía imaginarse. Tampoco contaba con la llave y trató de disimular este aspecto, porque no quería que los hermanos lo descubrieran. Al igual que ellos, no tenía la menor idea de su contenido. Aunque presentía que se trataba de la invención de Roberto.

Dejé la llave en casa junto al paquete que me envió su tío. Es una caja con herramientas viejas y sin valor, nada que valga la pena- dijo Sergio para quitarle importancia y desembarazarse de respuestas y explicaciones ante los mellizos.

Minutos después, los tres llevaron el bulto hasta la estanciera, armaron una nueva lista de materiales para reponer el mes siguiente y se saludaron mientras caía el sol.

Sergio retrocedió camino por donde venía y antes de que terminara de sonar por la radio su programa preferido, el paisaje se cubrió de sombras. Solo la luz de la luna iluminaba el asfalto desolado y silencioso a la vera de las montañas. Ni un alma acompañaba la sucesión de descensos, pozos, tierra y piedra que lo hacían abandonar esa zona aislada y solitaria donde vivió la mitad de su vida.

Dos horas después, el motor de la camioneta brincó de una explosión y se detuvo. La batería se había desintegrado y Sergio quedó a la deriva.

Buscando una solución pensó que quizás encontraría un reemplazo en el aparato de su amigo difunto. Comenzó a hacer fuerza con una barreta para romper el candado pero todos los intentos fueron inútiles.

Entonces ensayó con un alambre en la cerradura y nada. Hizo el mismo trabajo usando un clavo y obtuvo igual resultado. No probó romper la caja por miedo a que se dañara el contenido y a modo de juego usó las llaves de la estanciera. Apenas las encajó en el orificio, el candado soltó un ¡clic! y sorprendentemente se abrió.

(radiomitre)

Sergio no lo podía creer.

En el interior estaba el aparato que describía Roberto.

Las piezas estaban todos soldadas y era inútil intentar desarmarlo para llegar a la fuente de energía, que en el dibujo del cuaderno, figuraba en la base de toda la estructura.

Por eso pensó, que como sólo necesitaba electricidad para hacer arrancar el auto, conectando los bornes de su batería dañada a los cables que salían de la máquina, obtendría el impulso para mover el vehículo hasta llegar a un taller que lo auxiliara.

Fue así como hizo y efectivamente encendió el motor y no solo eso, sino que las luces también comenzaron a brillar. El auto conectado a la máquina de Roberto funcionaba nuevamente a la perfección y la traslación del movimiento de las ruedas, al cigüeñal, hizo que el circuito de la máquina también se encendiera.

Sergio retomó otra vez el camino.

Había perdido más de dos horas desde que el auto se detuvo.

Concentrado en la horizontalidad de la carretera empezó a sentirse cansado.

Miraba fijo hacia delante y en ese estado previo al sueño, en el que la mente produce innumerables relaciones de ideas e imágenes, estuvo a punto de caer rendido y dormirse y de pronto en plena noche, justo antes de que sus ojos se cerraran, se hizo de día.

El sol brillaba resplandeciente de un instante al otro.

Se sentía confundido.

Frenó para estirar las piernas y al bajar de la estanciera fue atraído como un imán a una vieja casona abandonada. El canto de los pájaros, el viento cálido acariciándole las mejillas, y el olor a bizcochuelo de limón lo remontaron a su niñez. Al ingresar por la puerta sintió que lo esperaban. La casa estaba limpia y ordenada. En la mesa las tazas con té recién preparado humeaban vapor. Y cuatro niños rodeaban el mantel.

Todo resultaba muy extraño y conocido. Pero Sergio avanzaba sin miedo, subiendo escalones hasta la cocina. Antes de sentarse el espejo de un pasillo le devolvió su imagen y descubrió que él también era pequeño o estaba dentro del cuerpo de un niño.

-¡Hola! ¿cómo estás? -dijo uno de los niños revolviendo con una cuchara el té.

-Te estábamos esperando -pronunció otro.

-Te acordás de este lugar – expresó una voz femenina mientras cortaba un pedazo de bizcochuelo y se pasaba la lengua por los labios deseándolo.

-¿Cómo olvidarlo?- respondió Sergio.

Luego se palpó el bolsillo de la camisa para buscar el cuaderno. Pasó rápidamente una hoja tras otra hasta llegar a la última. Al final pegada con plasticola, había una foto en blanco y negro reproduciendo la escena de ese mismo momento.

Roberto, Analía, Hernán y Sergio hacían muecas y sonreían.

 

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