El eterno legado de Roberto Rosas

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Fue el escultor más visible de la provincia: el artífice de las gigantes figuras en metal que impactan el imaginario de los mendocinos. Galería de Fotos.Roberto Rosas es de los que aparecen desde el fondo de su portal siempre abierto. Ponen un ojo de búho y una franca sonrisa de bienvenida. A través de ese pequeño reino que abre la imaginación en la entrada de su casa, zanja el cruce de tiempo y espacio, puede ver lo que acaso vendrá. “Un día, esta fundación será una posta del turismo cultural mendocino”.

No habrá que esperar mucho: día a día, crece el rumor de los visitantes sobre ese mágico lugar de Bermejo, donde gigantes esculturas de metal se curten bajo el sol.

Rosas no cree en la magia: sí en la pasión y en el oficio sincero. “Respero mucho el trabajo -he sido muchas cosas en mi vida: carpintero, albañil, pintor de obra- respeto mucho la gente que edifica el mundo”, dice entre sus libros, sus discos y sus vídeos este Quijote sagaz, que ya está más allá de la academia, los manifiestos estéticos y los avatares del ambiente.

“Sí sí, me gusta saberme un ser activo en la sociedad, participo, soy parte, por eso fui militante en los tiempos en que podía sostener ese trajín revolucionario y  fui sindicalista en esas épocas negro grisáceas del país”.

A su derecha, una salamandra fabulosa que, como la mayoría de lo que nos rodea, es obra suya, decora este repaso por su vida. “¿Ves? Sugiere un gesto de ascensión del Infierno al Paraíso. Allí están los niños. Asumo que sólo los niños pueden habitar ahí”.

<strong> – ¿Cómo fue tu niñez? </strong>

– Nací acá, en Guaymallén. Éramos seis hermanos. Mi familia traía en su cultura la dureza del inmigrante. Mi madre no sabía leer ni escribir. A los 15, tuve que ganarme el pan.
Sin embargo, Rosas asegura que no fue su iniciación como aprendiz de carpintero lo que encendió su chispa artística de escultor.

<strong>- ¿Y qué fue?</strong>

– Primero el dibujo. Tenía una necesidad imperiosa de dibujar, de expresarme. En esa época, perdí alguna novia por quedarme haciendo trazos.

Su sentido del humor es permanente. Aún (o quizá más) cuando piensa en el tempus fugit. “Es tremendo ¿no? apenas uno empieza a entender algo de esto y ya llega la hora de irse”.

<strong>- Pero la obra queda…</strong>

– Bueno, creo que por eso elegí este material. (Risas)

– No, en serio. En el ‘75 0 ‘76 expuse junto a varios artistas en la galería Roitman, que sufrió un atentado por razones políticas. La incendiaron hasta las cenizas. Todas las piezas de cerámica estallaron. Lo único que quedó fue una obra mía en metal. Negra, pero intacta. Dije: ¡ajá!
Entonces se embarcó en un proceso de creación diferente: “los que esculpen madera o piedra tienen que desgastar. Yo hago lo contrario, trabajo por láminas, voy agregando parte por parte y a veces la pieza va tomando también sus decisiones en el hacerse. Pero la idea ya está en mi cabeza, antes de empezar”.

Suena el teléfono. Es Guillermo Rigattieri, también escultor, también en metal. “Estos jóvenes”, dice, “son el relevo”. Mencionará a Julio Melto, a Gabriel Fernández. Y mencionará a su hijo Fernando no por orgullo paterno sino por ojo.  Lo sabemos: es un plástico joven que impacta por propia y poderosa expresividad.

De hecho, hay unos cuantos desnudos de Fernando Rosas colgados en la misma pared que sostiene, por ejemplo, a un León Ochoa, “un pintor que usaba gilletes”. Detrás, también hay un par de obras que, vía intercambio, le entregó Carlos Alonso.

“Algo que admiro mucho él: Alonso jamás usó dinero, todo, pero todo, lo obtiene por trueque, y así vive como un príncipe”.

Pero el paneo impone la pregunta: ¿dónde está la obra de los Maestros Mendocinos? “Ah…el gran problema. Está dispersa, perdida o juntando polvo; apenas algunos nombres se salvan por la custodia de familiares. “¡Y las mujeres! ¿dónde está la obra de Rosa Stilerman, la mujer de Ramponi? Ella era profesora en Bellas Artes, una gran creadora de climas. Eso, también, decían de Spilimbergo.”

<strong>Corazón de latón
</strong>
Su museo-taller en Bermejo está apagado al mediodía, pero basta que se le pida un recorrido para que su universo comience a rechinar. Años atrás, en una visita similar, habíamos visto una obra llamada “Otelo”. La volvemos a encontrar. Extraño: si se piensa que Rosas es uno de esos pocos casos de artistas locales que venden a ritmo. Él explica que el comprador la cambió por otra, por razones emocionales. “Así recuperé una obra de 40 años atrás”. Se nota: Otelo tiene terminaciones rústicas, pero también el gesto desgarrador del error y el suicidio.

“En esos tiempos me atraían los grandes temas de la cultura, de la literatura, después me empezó a importar más la vida en su cotidianeidad”. Claro que eso también requiere un corazón fuerte, como el que descargó a golpe de martillo haciendo la serie “Los niños y el alimento”.

Momento…nos detenemos justo frente a una de sus criaturas de cara redonda y boca en ‘o’ que parece mirar distraída, a lo lejos.

<strong>- ¿Cómo podés sacarle esa expresividad casi epidérmica a una chapa?</strong>

No basta con hablar. Roberto camina hacia el tablón donde está una pieza en proceso. Una cara sin terminar. Una mano suelta. “Todo es muy artesanal, se hace martillando”.

Niños, mujeres, ancianos en actitud o en calidad de alegorías son en su obra una tríada dentro de otra: la vida natural, la destrucción del planeta, las maldades del hombre contra el hombre.

“Esas embarcaciones que ves ahí las hice para una muestra que pretendía desenmascarar la celebración por los 500 años del Descubrimiento”. Así, la mujer nativa que sostiene el mundo a sus espaldas, lectura del atlante americano hecha por un mendocino que, ocupado en los bienes y los males del mundo, prefiere no salir de casa. ¡Si hasta le tocó el timbre Guayasamín!
“No sirvo para las grandes cuidades. ¿Para qué ser un insecto más? El único viaje largo que hice fue a Florencia, casi por mandato de Luis Menotti Pescarmona”, recuerda.

La anécdota es simpática. Después de sus estudios en la Escuela de Bellas Artes, con una formación extra en los círculos de los maestros y la convicción de un artista profesional, Rosas captó la atención de un comprador tenaz. Sin conocerlo personalmente pero con veinte obras suyas en la colección, Don Luis lo mandó llamar. “Te vas a Florencia, me dijo”.

<strong>- ¿A qué?</strong>

– A mirar

Fue la primera y la única vez que estuvo lejos. A la Fundación Guayasamín de Quito, por ejemplo, viajaron las obras solas. Igual, acá está lo que le importa: su hijo adulto y su hija Paloma, de 8 años. Su espacio vital.

– Sí, lo contruí casi todo con mis manos. ¡Y en plena hiperinflación!

Rodeado de esculturas, de a ratos el visitante se siente poco humano ante esas hipersensibles figuras. Menos retórico y más sensato, Roberto camina despacio entre ellas hasta llegar, de nuevo, al rincón donde Ochoa pervive a través de su “Van Gogh en el hospital”. Entonces, ya parece quedarse mirando un hueco por encima de ese expresionismo.

“A ver, ¿dónde está la obra de los Maestros ? ¿Alguien puede llevar a un Turista a un museo donde esté Pardo, Alonso, Azzoni, Dumelic y tantos otros? No hay no hay. Por eso, la idea con mi fundación es abrir un espacio que se autogestione, que esta obra no sea una carga para mi familia y que sirva de paseo cultural”. Que así sea.

Fuente Los Andes

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