El Monumento a la Virgen

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Su autor, Ramón Villarroel, revivió la historia del monumento de 18 metros que preside el ingreso a la ciudad y las misteriosas coincidencias que tiene con su cumpleaños y con su casamiento.

Todo empezó como uno de sus habituales juegos para buscar una forma con una tira de metal. En realidad, se trataba de una cinta métrica que Ramón Villarroel dobló, giró, cruzó y se dijo: “Parece una virgencita”.

Durante mucho tiempo, la imagen surgía cada tanto del rollo medidor, para mostrarla a alguien y ver si coincidía en su percepción. Hasta que se convirtió en una escultura de 18 metros de altura, que recibe a quienes llegan a la ciudad por los accesos Este y Sur.

“María” fue el sencillo nombre que Ramón dio a esa estructura que simboliza a la Virgen con un solo trazo continuo. Pero la tarea de crear una gran figura a partir de la maqueta que presentó en el certamen organizado por el Arzobispado de Mendoza -para conmemorar el Congreso Mariano de 1980-, no le resultó nada simple.

Como es diseñador industrial, los planos contenían todos los detalles necesarios para que una empresa la construyera y el ingeniero Carlos Bacarelli se había encargado de los cálculos de resistencia, de manera que la escultura se mantuviera en pie. Sin embargo, no conseguía a alguien que pudiera llevar esa imagen del papel a un solo bloque continuo de hormigón.

Finalmente, Ramón alquiló un galpón y se encargó él mismo de hacer una figura con telgopor y papel, para sacar luego los moldes. “Hubo gente que se preguntaba cómo hacía para pasar de los planos pegados en la pared a la figura acostada sobre el piso. Yo ni miraba los papeles”, se ríe ahora. Aunque reconoce que en 1983, cuando finalmente quedó en pie la escultura en el hoy denominado Predio de la Virgen, sintió que si la gente lo aceptaba se quedaba en Mendoza, pero si no, se iba a tener que ir.

“El riesgo era muy grande”, comenta. En especial porque se trataba de un objeto abstracto. Pero a los pocos meses, cuando volvía en un colectivo de Neuquén, observó cómo dos pasajeras se persignaban al verla y comprendió que había pasado la prueba.

Un juego con metales

En su trabajo cotidiano como diseñador industrial, Ramón Villarroel debe supeditar la forma del objeto a ciertos parámetros, como el material requerido y el uso que va a tener. Por eso, desde que era estudiante buscó expresarse en otro ámbito, el del arte. Entonces explica que, a diferencia de los que toman diversos elementos y los unen -la escultura aditiva-, o los que eligen un bloque de material para esculpir -la denominada sustractiva-, él prefiere jugar con un alambre, caño o una lámina de metal hasta encontrar una figura.

“Me han preguntado cuánto demoré en idear la escultura y les digo que un segundo, porque no pensaba en la forma para llegar a una Virgen”, detalla. Después, como sabía que se trataba de una apreciación subjetiva, llegó a su casa y le preguntó a su madre y a una tía que estaba ahí, qué veían y ambas coincidieron: una virgencita.

Un par de años después, el 7 de diciembre de 1982, le llegó una invitación a participar en el concurso del Arzobispado. Ramón señala que en los ’70, con otra obra, había ganado una mención en un certamen y por eso lo consideraron. Detalla que hubo un par de casualidades, que no considera tales: recién abrió el sobre el 8 de diciembre, el día de la Virgen, que también es la fecha de su cumpleaños.

Casamiento único

Pero las coincidencias no terminan ahí. Su esposa, Marta López, solía caminar por el espacio verde del Acceso Este en su época de estudiante de Ingeniería. Como es oriunda de La Pampa, pensaba que la escultura llevaba mucho tiempo en el lugar y que seguramente su creador ya había fallecido. Por eso, un día le dijo a la Virgen que le hubiera gustado conocer a quien tuvo la imaginación de idear esa figura con un solo trazo. Y aunque parezca increíble, la vida los cruzó, pese a que Marta se enteró un poco después de que Ramón era el autor de la obra, cuando un amigo de él le contó.

La pareja convivió durante varios años y cuando decidieron casarse, en 2003, una sobrina les sugirió que eligieran el 8 de diciembre, el día del cumpleaños de Ramón. No sólo les pareció una buena idea sino que, además, optaron por hacer la ceremonia en ese predio que significaba tanto para ellos.

Marta cuenta que ella hubiera querido tener más tiempo para organizar las cosas, pero tuvieron que armar todo en dos semanas, una vez que sacaron el turno en el registro civil. Es que varias veces pensaron en casarse y no pasaba de un plan. Por eso surgieron algunos contratiempos, como que no conseguía un ramo de novia y se olvidaron de que alguien tenía que llevarla, por lo que ella misma tuvo que manejar hasta el sitio de la ceremonia.

Pero aún más, un par de días antes le habían hecho una entrevista en un programa de televisión, al artista de la escultura de la Virgen y su futura esposa. Así que entre los invitados había varios que no lo eran, porque decidieron ir a presenciar el casamiento después de enterarse por la tele. Como había tanta gente, Marta no conseguía estacionamiento y tuvo que dejar el auto a tres cuadras y caminar para llegar a la cita, con un ramito improvisado, pero debajo de la escultura de 18 metros que la unió a Ramón antes de conocerlo.

Fuente Los Andes

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