Memoria Verdad y Justicia para el matrimonio Olivera-Rodríguez Jurado

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Están muertos, sus cuerpos desaparecidos desde hace 35 años, sólo dos de sus hijas, las mayores, recordarán el abrazo y el olor de sus padres, las otras dos lo habrán soñado mucha veces.
Entre los expedientes demorados y amarillentos que narran el secuestro y desaparición del matrimonio Olivera-Rodríguez Jurado, la memoria empieza a reconstruirse cuando los ojos de un periodista lego en asuntos judiciales se meten con ansiedad entre las letras duras de las Remington o las Olivetti de la época estampadas sobre el papel.

Eran nuevos en España 4217 de Villa Nueva, Guaymallén, pero algunos vecinos, como el caso de Jorge Luis Mañanes, de la calle Libertad, los recuerdan como una familia hermosa, “daba gusto ver a esa familia, siempre él llevando a dos nenas y la esposa a las otras dos”.

Eran gente educada, instruida, pero muy sencilla, sociólogos recibidos en la Universidad Católica de Buenos Aires en 1969 y que habían obtenido una beca de dos años en Alemania.

Él, Rafael Olivera, andaba en bicicleta para todas partes, recorriendo el barrio y estaba para lo que se lo necesitara. Un tipo grandote y servicial que estacionaba la bici en cualquier árbol si había promesa de charla; si le daban lugar, tanto hablaba de Baruch Spinoza como de las últimas fechas del campeonato de fútbol metropolitano 76’.

Ella, Nora Rodríguez Jurado de Olivera, llamaba la atención por su hermosura, se vestía de un modo sencillo y evitaba el maquillaje, pero igualmente su belleza era inocultable. Trabajaba junto con el padre Macuca Llorens en el barrio San Martín, al oeste de Capital, donde la sociedad conservadora mendocina había habilitado un lugar fuera de su vista, un patio trasero para que retozaran los más pobres. Nora trabajaba en el naciente proyecto de la escuela del barrio, una tapera entre miles de chozas que luego se fueron convirtiendo en casitas dignas, y la escuela, aquello que sencillamente era un rinconcito para las clases de apoyo, hoy es la institución educativa con mejor nivel en todo el país.

Es famoso el cartel que colgó durante muchos años en la escuela del barrio San Martín: “Primero las casas de los hombres, después la casa de Dios”, una leyenda que volvía feroces a los fieles más ortodoxos y que ya comenzaba a mover influencias entre sus amigos del Ejército.

Rafael y Nora eran muy cristianos, militaban en Montoneros y adherían a la teología de la liberación. Solían ir a misa a la parroquia Sagrada Familia, de la calle Libertad, un par de veces por semana.

El cumpleaños de Rosario
El 12 de julio de 1976, Rafael y Nora habían decidido celebrar humildemente el tercer cumpleaños de su hija Rosario. Algunos compañeros de militancia y los hijos de algunos vecinos se habían reunido en la casa de la calle España de Villa Nueva para el rito de esos cumpleaños infantiles de antes: un bizcochuelo con crema, tres velitas, un chocolate caliente, algún jugo, que los cumplas feliz, dos fotos y cada uno a su casa. Algunos mayores se quedaron hasta la noche con intenciones de cenar, pero Rafael tenía que salir, levantó el cuadro de la bici que tenía estacionada en el pasillo de la casa y salió. Nora lo detuvo en el apuro, le dio un beso, le dijo “llevate abrigo… cuidate, por favor”, él le besó la frente a la bebé, Guadalupe, que todavía no cumplía un año, y salió a la calle en esa noche fría de julio.

Cercado sobre los pedales
A las pocas cuadras lo esperaba un grupo comando, Rafael se sintió cercado, se paró sobre los pedales y quiso hacer volar la bici yendo cada vez más lejos de su casa, para que no dieran con Nora y las nenas. Sabiéndolo desarmado, uno de los secuestradores corrió detrás de Rafael, como divirtiéndose en la cacería, y lo tumbó a culatazos. En la calle lo amordazaron con una bufanda y lo subieron a un auto.

Un papel pringoso trazado en tres columnas registra su ingreso en el centro de torturas D2, en el Palacio Policial, Peltier y Belgrano de Ciudad. Eso es lo último que se sabe de Rafael Olivera, sociólogo, de 29 años, un profesional eminente y padre de cuatro nenas.

Sin auxilio en la familia

Nora era hija de Jorge Rodríguez Jurado, integrante, en aquellos años, de la Marina.

Por su parte, Rafael también pertenecía a una familia de militares y era el séptimo de once hijos.

Su padre, Jorge Olivera, fue médico del Ejército y vivía cuando su hijo fue secuestrado, detenenido en el centro clandestino D2 y luego desaparecido.

Un primo de Rafael, el coronel Alberto Ricardo Olivera, fue jefe de la Policía de Mendoza durante la última dictadura.

“No pierdas tiempo”
Figura en el expediente de la causa que el coronel Olivera le dijo al padre de Rafael: “No pierdas tiempo en buscarlos, están muertos”, una expresión que se repite en muchas causas.

Del presentimiento a buscar salvar a sus hijas

Nora no se había quedado tranquila con la salida de Rafael y tuvo un terrible presentimiento cuando llegó la mañana y su marido no volvió.

Ya muchos compañeros de Montoneros habían caído y el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) había sido aniquilado hacía pocos días.

Decidió actuar rápido y llevar a sus tres hijas mayores, Ximena (6), Soledad (5) y Rosario (3), al jardín de infantes de Ituzaingó 2147 de Ciudad. Sabía que era muy posible que vinieran por ella. “Me duele mucho la panza, mamá, quiero volverme a la casa”, se quejó en la puerta de la escuela la más grande de sus hijas.

Nora dejó a Soledad y Rosario en clases y se llevó a Ximena y Guadalupe consigo. En esas horas nadie de la organización tomó contacto con ella, ni una sola noticia de Rafael, era evidente que algo le había pasado.

Cargando la mayor y la menor de sus hijas, Nora volvió a Villa Nueva, dejó dormida a Guadalupe y fue hasta un negocio cercano, no se sabe si para hacer compras o para encargar el cuidado de su hija a alguien porque sabía lo que podía pasar en pocas horas. Pero la desgracia fue inmediata. Allí fue cruzada por un comando que la secuestró junto con Ximena, Nora imploró llorando que la dejaran llevar a Guadalupe, quien estaba a pocos metros de allí, en su casa. Uno de los secuestradores le dijo que ellos ya tenían a la bebé consigo. Las tres fueron llevadas al D2.

Pasaron diez, quince, cuarenta minutos desde el final de la jornada de clases y las maestras se empezaron a inquietar, los padres de Soledad y Rosario no venían. Tuvieron que quedarse con ellas hasta que un juez les dio la tenencia temporal. Al día siguiente, según narran las docentes, “un señor apareció en la guardería con las otras dos chicas, Guadalupe y Ximena, le dijo a la portera que se las tuviera un segundo mientras estacionaba el auto y nunca más volvió”.

Las niñas
Las cuatro hijas del matrimonio Olivera Jurado permanecieron bajo la custodia temporal de las maestras hasta que un hermano de Rafael las adoptó legalmente. Lo que vino después pertenece a la historia repetida de todos los desaparecidos, versiones, negativas, olvidos, distracciones, datos faltos… que están en Boulogne Sur Mer… en La Perla, un centro de detención de Buenos Aires. Lo certero es la hoja que registra el operativo, la detención y el ingreso al centro de torturas D2, es muy posible que nunca salieran vivos de allí.

Hoy las hijas viven en Buenos Aires, donde cada mediados de julio seguramente se llamarán entre sí para recordar a sus padres muertos y desaparecidos por el terrorismo de Estado en Mendoza.

Fuente UNO

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